La llegada de la fotografía a México en el siglo XIX, convirtió rápidamente esta técnica en un medio de registro social e histórico. Desde sus inicios se la percibió como una forma “objetiva” de capturar la realidad.
Bajo el régimen porfirista la mayoría de las imágenes eran retratos de élites o escenas urbanas idealizadas, reflejando la estabilidad y prosperidad oficial. Las fotografías iniciales se asociaban a la arqueología, el paisajismo o la promoción gubernamental: por ejemplo, se documentaron ruinas prehispánicas, trenes, puentes y proyectos modernizadores con fines propagandísticos. Sin enbargo, al mismo tiempo artistas mexicanos y extranjeros circulaban por el país retratando ciudades, costumbres populares y escenarios rurales.
Algunas colecciones antiguas muestran campesinos en sus labores diarias (como plantando agaves o cargando caña), mujeres en mercados o lavando ropa en el río, y escenas cotidianas de pueblos del centro y occidente. Estas imágenes de viajeros –algunas en exposiciones de 1902– captaron aspectos de la vida cotidiana que tradicionalmente no aparecían en los retratos de estudio del Porfiriato, dejando constancia visual de la rutina campesina y artesanal antes del estallido revolucionario.
Con el fin del Porfiriato (1910) y la Revolución Mexicana, la fotografía cobró un rol informativo y testimonial clave. La prensa y los líderes revolucionarios aprovecharon la cámara fotográfica para difundir sus mensajes: las revistas y tarjetas postales incluyeron retratos de héroes y escenas bélicas, al mismo tiempo que las fotografías de la guerra mostraban con crudeza la violencia del conflicto. La fotografía periodística ahora, era un medio para plasmar visualmente esos acontecimientos, y darlos a conocer a la sociedad.
Miles de imágenes de la Revolución –tomadas por fotógrafos mexicanos, europeos y estadounidenses– recorrieron el país. A través de la lente se vislumbraron campesinos desplazados, desfiles de tropas y festividades revolucionarias, así como cuerpos de mártires como Francisco I. Madero o Pancho Villa. Muchas de estas fotos, al exponer la magnitud del conflicto, junto con la brutalidad y visceralidad que conllevaba, se volvieron parte de archivos que, incluían indudablemente, la categoría de Fotografía de Guerra.
Tras 1914 la actividad de los foráneos menguó, ya que muchos se fueron a Europa, y fueron los fotógrafos locales quienes documentaron la transición a la posrevolución. Por ejemplo, en 1923 un fotógrafo mexicano consignó el momento del asesinato de Villa en su hacienda. En resumen, la Revolución Mexicana puso en movimiento a la cámara como cronista de la transformación social: capturó no sólo los combates y líderes, sino también las nuevas realidades de la población común –hombres, mujeres y niños– que vivieron aquella época convulsa.
De la Revolución a la Reconstrucción Nacional (1920-1950)
Terminada la Revolución, México entró en un proceso de reconstrucción nacional. La fotografía sirvió entonces para contar las nuevas oportunidades y problemas sociales de esos años. Nacieron publicaciones ilustradas y agencias gráficas que retrataban el México moderno. Al mismo tiempo se consolidó el arte fotográfico con enfoques tanto artísticos como sociales. Los fondos fotográficos de instituciones estatales, colegios agrícolas y programas sociales comenzaron a registrar la vida cotidiana en campo y ciudad. Por ejemplo, fotógrafos vinculados a la recién creada Secretaría de Educación Pública y al INAH viajaron por el país capturando lo rural y lo popular. Regiones indígenas y campesinas fueron retratadas con interés antropológico; en esos reportajes y ejercicios fotográficos se valoró el “rescatar la vida cotidiana y sus tradiciones”.
La fotografía de esta época refleja un México plural y contrastante, con escenas de fiestas patronales, mercados, trabajo agrario y rituales familiares. Como señalan documentos curatelares de INBAL e INAH, fotógrafos como Mariana Yampolsky (aunque no es el foco, su obra ejemplifica la tendencia) recorrieron el país plasmando “festividades patronales, religiosas y familiares, así como la inocencia y sensibilidad de los niños, las mujeres y los hombres. Esta imagen multiregional se ve en retratos de obreros, maestras, médicos rurales, jornaleros y artesanos, en sus ambientes de trabajo o de su vida diaria. En las ciudades crecientes se abundó en retratos de clase media, de estudiantes uniformados, de oficinas y nuevos centros de ocio. En los campos irrigados se documentó al campesino mexicano con herramientas tradicionales y maquinaria reciente.
En particular, la fotografía nacional valoró la figura femenina en la posguerra: mujeres que trabajaban en campos agrícolas, en fábricas de emergentes industrias ligeras, o cuidando el hogar. Estas imágenes –desde retratos de madres campesinas hasta escenas de obreras en la planta– comenzaron a integrar la composición de la vida cotidiana en el registro visual. Aunque no suele citarse nombres, la tendencia editorial y gubernamental fue mostrar a la mujer en oficios o labores comunales para reflejar la reconstrucción social tras la revolución. Por ejemplo, álbumes o libros de texto de los años 40-50 incluyen fotografías de profesoras, enfermeras, campesinas y amas de casa como símbolos de progreso y estabilidad. En suma, entre 1920 y 1950 la fotografía mexicana pasó de un contexto militar y político a una mirada más social y “normal”: documentó la reconstrucción de escuelas, ferias agrícolas, celebraciones cívicas y el trabajo habitual de la gente común.
Foto de mujer indígena en entorno rural
Por otro lado, las ciudades mexicanas crecían rápidamente. La mirada fotográfica empezó a enfocarse también en el espacio urbano: barrios populares, calles del centro histórico, comercios ambulantes y la vida de ciudad. En la Ciudad de México, por ejemplo, fotógrafos de prensa ampliaron la cobertura a temas como el transporte público (autos, tranvías, microbuses), los mercados (La Merced, Jamaica) y hasta eventos deportivos o artísticos abiertos al público. Estas imágenes urbanas revelaban el contraste de la modernización (primeros edificios altos, miles de automóviles) con la vida cotidiana de la ciudad, protagonizada por trabajadores y familias de calles.
A mediados del siglo XX emergieron en la fotografía mexicana tendencias más personales y fotoperiodísticas. Las agencias como Foto Press (de Héctor García) o Casasola continuaron retratando la vida nacional en revistas. Aunque las grandes figuras innovadoras (Alvarez Bravo, Casasola, etc.) solían destacar por sus retratos literarios, su influencia permitió que la fotografía de lo cotidiano fuera reconocida como objeto artístico y documental. Sin centrarse en autores, cabe destacar que la llamada “época de oro” del fotoperiodismo mexicano (años 40-60) fue aquella en la que el reportero gráfico se dedicó de lleno a retratar la gente común: los trabajadores en la fábrica, los vendedores ambulantes, los pequeños burócratas, los estudiantes en la plaza cívica, o las familias asistiendo a un circo o cine popular. Este periodo amplió la “imagen social” de México, integrando también personajes hasta entonces marginados: campesinos analfabetos, pueblos originarios, niños de colonias rurales y urbanas. De este modo, la fotografía dejó de ser solo un reflejo elitista para volver la cámara hacia las bases de la sociedad.
Fotografía social en modernización y desigualdad (1960-1990)
Durante las décadas de 1960 a 1980 México experimentó una modernización acelerada y al mismo tiempo crecientes contrastes sociales. En este contexto la fotografía de los fotógrafos comerciales, académicos y amateurs seguía dando cuenta de los cambios en la vida diaria de todas las regiones. Del campo a la ciudad, los temas se diversificaron: se documentó el desarrollo de la clase media urbana (nuevos fraccionamientos de vivienda, hospitales, escuelas); la migración interna (familias campesinas llegando a las periferias del DF, Guadalajara, Monterrey); y también la permanencia de la pobreza rural y urbana. Fotógrafos contemporáneos (públicos o privados) recorrieron campos de cultivo mecanizados y al mismo tiempo barrancas y rancherías ignoradas para mostrar la realidad dual del país.
En la fotografía urbana de estos años aparecen paisajes callejeros y retratos espontáneos. En el centro histórico, la cámara captaba manifestaciones políticas, colas para monedas de 5 pesos, mercado de Sonora o la tradicional venta de elotes y tamales. En barrios populares se registraban casas pequeñas, niños jugando en la calle, vendedores de lotería, lavanderas y campesinos jornaleros recién llegados. Estas instantáneas se consolidaron en revistas ilustradas y en agencias, ampliando la conciencia nacional sobre la diversidad social. Al mismo tiempo surgió la llamada fotografía documental social o fotografía humanista, enfocada en denunciar carencias y dignificar vidas cotidianas.
Por ejemplo, en los años ochenta comenzaron a difundirse fotolibros y exposiciones dedicadas a la migración interna y fronteriza. México se volvía país de paso: los fotógrafos documentaban las caravanas de centroamericanos, las estaciones del Tren de la Muerte, y la travesía por “La Bestia” (el tren de carga). Imágenes publicadas en medios nacionales e internacionales mostraban a niños durmiendo en albergues, albergues mismos o detenidos en inmigración. Como destaca un reportaje reciente de la UNAM, fotógrafas mexicanas actuales se han ocupado de narrar la migración con mirada respetuosa y empática, buscando deshacer estereotipos y mostrar a los migrantes como personas que “luchan por un futuro”, no solo como víctimas. Aunque no abundan citas directas sobre épocas pasadas, podemos afirmar que esta tendencia surgió ante todo en las últimas décadas del siglo XX, cuando la violencia en Centroamérica y las crisis económicas empujaron a miles a atravesar México.
Otro fenómeno reflejado fotográficamente es la vivienda y la desigualdad. En las ciudades se extendieron las colonias populares sin servicios (como Iztapalapa o Chimalhuacán), mientras que junto a ellas crecían fraccionamientos de clase media recién nacida. La foto social documentó ambos polos: desde los ranchos de lámina de las márgenes metropolitanas hasta los parques de diversiones para nuevos sectores urbanos. En las zonas rurales, la imagen plasmó la migración masiva a EE.UU. (fotos de familias despidiéndose, o de la ausencia en los pueblos). También se retrataron protestas sociales (adelantos de las luchas por los derechos campesinos, movimientos indígenas como el EZLN en Chiapas hacia fines de los 80). Aunque no existe una única referencia académica que aborde todo esto, sí tenemos testimonios de la conciencia social que impulsó este registro. Por ejemplo, el gobierno mexicano –a través de concursos y exposiciones como “México sin Hambre” (2000s)– promovió fotoperiodismo social: premiaba imágenes que evidenciaban la carencia de alimentación y vivienda. En un boletín oficial de 2013 se describió la ganadora: una foto llamada “El Pórtico” donde “un hombre está sentado afuera de una casa hecha con cartones, láminas y maderas, a punto de derrumbarse”, ilustrando el “abandono” extremo de algunas zonas fronterizas. Asimismo, otra imagen premiada titulada “Pepenadora” mostraba a una mujer hurgando en la basura para obtener comida. El relato oficial comenta que esta escena, que se repite “frecuentemente en zonas marginadas”, subraya la pobreza que envuelve incluso a niños y familias completas. Estas fotografías –tomadas en Tijuana y Culiacán– son ejemplo de cómo la lente captó la pobreza urbana y rural de fines del siglo XX y comienzos del XXI, con propósito más social que propagandístico.
En síntesis, entre 1960 y 2000 la fotografía mexicana amplió su foco: no solo retrató campañas de gobierno o proyectos de industria, sino a la población trabajadora, migrante y de bajos recursos. Se generó así un archivo visual de alto valor histórico sobre el México cotidiano: en él aparecen obreros maquiladores, campesinos sin tierra, mujeres que cruzan la frontera, familias estudiando en escuelas municipales, niños jugando en patios de tierra, maestros rurales enseñando en aulas precarias. Todo ello se reflejó tanto en archivos privados como en colecciones públicas (fototecas, museos, prensa). El resultado es un mapa de imágenes donde el mexicano común –en todas sus facetas sociales– se hizo protagonista.
Rituales, géneros y miradas culturales
La fotografía de la vida diaria en México se entrelazó con las tradiciones culturales y los roles de género en cada época. A lo largo del siglo XX los festejos comunitarios, las fiestas religiosas y las costumbres populares han sido capturados profusamente. Por ejemplo, celebraciones como el Día de Muertos han recibido inmenso interés visual: desde generaciones antiguas hasta retratos contemporáneos, la Catrina y los altares familiares aparecen una y otra vez como símbolos del México festivo. Fotógrafos nacionales e internacionales han tomado millones de fotos de catrinas, familiares reunidos en cementerios o comparsas nocturnas; estas imágenes se usan en prensa, redes sociales y campañas culturales, alimentando nuestro imaginario colectivo de la celebración. En los últimos años incluso artistas urbanos reinterpretan estos símbolos, pero el valor documental permanece: se exhiben fotografías reales de comunidades que ensamblan ofrendas, participando activamente del ritual.
Figura: Celebración del Día de Muertos. La figura de la Catrina es un elemento fotográfico recurrente en la tradición cultural mexicana.
Asimismo, ruidos y colores de otras festividades mexicanas han quedado inmortalizados en fotos. Festividades patronales (fiestas religiosas de barrio), carnavales (sur de México) y eventos cívicos (desfiles de 16 de septiembre, 5 de mayo, etc.) son ambientación frecuente de álbumes familiares y colecciones profesionales. Las imágenes de Danza de los Voladores, peregrinaciones guadalupanas, velaciones navideñas o las procesiones de Semana Santa salpican la historia visual del país, mostrando uniformes, trajes típicos y actos religiosos. Este componente ritual es indisociable de la vida cotidiana mexicana, y los medios han aprovechado estas escenas para ilustrar reportajes sociales (por ejemplo, periodismo cultural).
En cuanto al género, la fotografía ha ido reflejando la evolución de los roles masculinos y femeninos en la sociedad. Tradicionalmente las mujeres aparecían en la foto como madres, bailarinas folklóricas, obreras textiles o «jóvenes estudiando»; con el tiempo también como profesionistas, artistas o luchadoras sociales. Sus retratos caseros (fotos de estudios, álbumes familiares) muestran cambios desde vestidos formales de los años 40 hasta representaciones de ejecutivas en los años 80. Paralelamente, la visibilidad de la mujer fotógrafa y de movimientos feministas también creció: así, imágenes de marchas de mujeres por sus derechos, defensoras de niñez o médicas rurales se han vuelto más comunes. Aunque es difícil encontrar un único estudio académico sobre esta evolución, el corpus de fotografías mexicanas –sumado a noticias y catálogos de museos– permite afirmar que la lente ha acompañado el avance de la igualdad de género en lo cotidiano (una niña en la escuela, una obrera jubilada, una familia monoparental, etc.).
Igualmente, la representación de los hombres comunes cambió con los tiempos. En las primeras décadas muchos retratos masculinos eran militares o políticos, pero luego aparecieron tanto proletarios (obreros, maestros rurales) como profesionistas (ingenieros, médicos) de la clase media. La imagen masculina urbana (trabajador en fábrica, vendedor ambulante, padre de familia saliendo de la tienda) se volvió tema frecuente. Al mismo tiempo, las prácticas culturales ligadas a la masculinidad –como la lucha libre, las bandas de pueblo o el fútbol amateur– fueron ampliamente documentadas por aficionados y periodistas gráficos. Así, a través de la fotografía hemos visto a generaciones de hombres desempeñarse en talleres mecánicos, campos de cultivo o plazas de mercado, representando la diversidad de la vida familiar y social del varón mexicano.
Finalmente, la fotografía mexicana ha servidо para examinar la vivienda y espacios domésticos como reflejo social. Casas típicas (zonas rurales, colonias obreras, conjuntos habitacionales públicos) aparecen en múltiples reportajes visuales de vivienda. Documentales de los años 70 fueron a menudo sobre la vivienda rural digna; otros mostraron la explosión inmobiliaria de las urbes y las diferencias entre barrios elegantes y barrios marginados. Estas fotografías revelan las condiciones materiales en que vive la gente común: casas de adobe, vecindades urbanas, condominios de interés social, pasando por ranchos y rancherías. Se podría decir que la vivienda misma, y el entorno físico de la vida cotidiana, fueron “personajes” constantes en la fotografía social mexicana.
Fotografía contemporánea: diversidad y nuevas miradas (2000–presente)
En las últimas décadas, la democratización de la imagen y la era digital han transformado el panorama fotográfico mexicano. Hoy día cualquier persona con un teléfono celular documenta instantáneamente la realidad cotidiana: las redes sociales y plataformas virtuales han multiplicado la cantidad de imágenes de vida diaria, aunque de todos modos un corpus profesional sigue siendo valioso. Fotografías familiares, selfies en festivales, transmisiones en vivo de peregrinaciones o fotos de manifestaciones sociales alimentan un archivo audiovisual de la vida contemporánea.
En el ámbito profesional y académico, México ha visto surgir colecciones importantes de fotografía documental de la gente común. Las universidades, museos y centros culturales –como la Fototeca Nacional, el Centro de la Imagen o archivos cinematográficos– atesoran series de retratos anónimos: desde migrantes varados en la frontera hasta niños viendo la tele en una colonia popular. Proyectos como “Yo soy rescatista” (sobre voluntarios de emergencias) o “Máscaras y rostros” (sobre identidades culturales) muestran cómo nuevos fotógrafos abordan los temas del trabajo y la comunidad.
A nivel social, la fotografía sigue respondiendo a fenómenos contemporáneos: la crisis de vivienda (fotografías de invasiones o fraccionamientos nuevos), los efectos del narcotráfico (imágenes de desplazados y víctimas), las luchas estudiantiles, el movimiento feminista (marchas del 8M, performance artístico fotogénico) y la migración centroamericana reciente. Las exposiciones actuales suelen alternar imágenes históricas con documentos recientes para ilustrar continuidades y cambios. Por ejemplo, en 2025 la UNESCO incluyó en su registro de “Memoria del Mundo” (patrimonio documental) un acervo de fotografías aéreas de México (1932–1994) que muestran desde la urbanización masiva de Ciudad de México hasta pueblos fantasma en zonas rurales, evidenciando mediante fotografía el impacto humano sobre el territorio. Esto indica el interés por preservar no sólo el retrato de personas sino el registro de su entorno construido, en un sentido amplio.
En el ámbito de la identidad visual, la fotografía callejera y de autor (desde los años 2000) explora con ironía o crítica lo cotidiano: fotógrafos contemporáneos capturan escenas callejeras de la CDMX, de camionetas en el tráfico alborotado o de manifestaciones cívicas espontáneas. Se habla de una “antropología fotográfica” urbana, en la que la cotidianeidad parece trivial, pero es fuente de significado cultural. Paralelamente, la colaboración comunitaria ha crecido: colectivos de foto-documentalistas trabajan con vecinos para retratar sus historias de manera participativa. Así, la imagen de la “gente común” se va construyendo también desde las comunidades mismas, dando protagonismo a habitantes que tradicionalmente fueron meros sujetos pasivos.
Las celebraciones folklóricas continúan siendo fuente fotográfica. Día de Muertos, procesiones del Viernes Santo, Ferias de Corpus Christi, bailes regionales o la ceremonia del Grito de Independencia se documentan tanto con cámaras profesionales como aficionadas. Cada año miles de turistas y locales toman fotos de estas festividades; los medios los comparten, reforzando el sentimiento de patrimonio. De manera similar, las fotos de la migración (ahora también de retorno), los actos comunitarios de apoyo (como ollas populares o cooperativas) y las batallas por dignidad (protestas sociales, cooperativas de barrio) constituyen el nuevo rostro de la fotografía social mexicana.
En la actualidad, la fotografía mexicana de “gente común” es un mosaico. Desde festivales en Zapopan hasta cooperativas en la costa de Oaxaca, desde luchadores callejeros hasta grupos de estudio de barrio, todo tiene cabida. Los historiadores y curadores apuntan que este proceso es una continuidad del interés de los fotógrafos del siglo XX por lo cotidiano, pero potenciado por la tecnología: la inmediatez y la democratización permiten que la gente documente su propia vida, y esta cantidad de imágenes se integra paulatinamente al acervo nacional. Sin embargo, el valor académico de estas fotografías requiere curaduría y contextualización, tarea que aún desarrollan museos como el Foto Museo Cuatro Caminos o el Museo Archivo de la Fotografía.
Conclusiones
A lo largo del siglo XX y hasta hoy, la fotografía en México ha evolucionado de ser un medio de élites a convertirse en un extenso registro visual de la vida cotidiana y de la sociedad. Si en sus inicios la cámara servía para legitimar el poder y retratar lo elegante, con el tiempo giró hacia los escenarios cotidianos: obreros en la fábrica, campesinos en el sur, migrantes en la frontera, niños jugando en el barrio. En cada época se relacionó con fenómenos sociales clave: la Revolución, la industrialización, la urbanización, la migración, la lucha por la justicia y la construcción de identidad nacional. Los fotógrafos (profesionales o anónimos) han sido testigos constantes de los rituales, las celebraciones, el trabajo y la vida familiar del México real.
Este recorrido muestra que la imagen social mexicana se construye con la cámara al registrar desde las grandes fiestas tradicionales hasta los gestos más simples del día a día.
La investigación aquí presentada –respaldada en estudios académicos y curadurales– subraya que la fotografía es tanto espejo como motor de la mirada social: educa conciencias, conserva memorias y transforma la forma en que nos vemos. En palabras de varios especialistas, el acervo fotográfico de México es “el retrato del México moderno”, un verdadero testimonio de su vida cotidiana. Para un público interesado, el legado visual nos invita a valorar cómo las imágenes de la gente común han narrado nuestra historia nacional, a la vez inocente y sensible, con rigor documental y riqueza cultural.