Historia y Evolución de la Fotografía en México

Historia y Evolución de la Fotografía en México

La fotografía fue recibida en México prácticamente desde sus inicios. Apenas meses después de que Louis-Jacques Daguerre presentara su daguerrotipo (1839), ya en diciembre de ese mismo año arribó al puerto de Veracruz un cargamento francés de cámaras para éstos. En febrero de 1840 un diario publicó la rifa de un aparato fotográfico de Daguerre, confirmando que el país se incorporó a la nueva tecnología al poco tiempo de su invención. Sin embargo, el auge real de la fotografía mexicana no sucedió hasta la segunda mitad del siglo XIX. Según el Getty Research Institute, hubo que esperar a la Intervención Francesa (1864-1867) para que la práctica fotográfica floreciera en nuestro país. Desde entonces, la fotografía se convirtió en un medio fundamental de registro social, artístico e histórico.

Desde los primeros años, la mayoría de los estudios fotográficos en la Ciudad de México y otras localidades fueron abiertos por europeos o norteamericanos, que enseñaban el arte a aprendices locales. Los primeros usos destacados incluyeron retratos de estudio, paisajes, ruinas prehispánicas, vistas urbanas y escenas de guerra. En ese contexto inicial, el retrato fotográfico fue el género predominante. ya que, debido al alto costo de los equipos y materiales, los daguerrotipos estaban reservados a las clases altas. Por ejemplo, un retrato de pequeño formato costaba varios pesos –muy por encima del salario mensual obrero, de modo que el daguerrotipo fue privilegio de élites y extranjeros (ingleses, franceses y estadounidenses) residentes en el país. Con el tiempo surgieron procesos más económicos (ambrotipo, ferrotipo) y luego el colodión húmedo, que facilitó impresiones múltiples.

Durante los primeros años, los recursos pictóricos se adaptaron a la fotografía: los fotógrafos copian fondos difuminados, iluminación de estudio y vestuario elegante heredados de la pintura decimonónica. Estos recursos “pictóricos” (fondos desenfocados, iluminación teatral, atrezo elaborado) fueron comunes en los retratos de la época, pues los fotógrafos usaban manuales europeos basados en retratistas renombrados.

 

Temáticas Iniciales

De acuerdo con diversos estudios, los fotógrafos del siglo XIX capturaron “grupos civiles, retratos familiares, vistas panorámicas y escenas citadinas” como los primeros temas habituales. A la par se documentaron paisajes naturales y arquitectónicos (por ejemplo, Montañas de Oaxaca, haciendas y catedrales), así como las ruinas arqueológicas, atraídas por exploradores extranjeros. Entre 1846 y 1848 la guerra entre México y EE.UU. fue la primera en documentarse fotográficamente en el país; fotógrafos estadounidenses siguieron al ejército invasor y tomaron daguerrotipos de batallas y prisioneros.

Igualmente, en los años 1850 los viajeros científicos y arqueólogos aprovecharon la cámara: personajes como John Lloyd Stephens, Frederick Catherwood, Désiré Charnay y Théodore Tiffereau viajaron por el territorio (ruinas de Palenque, Monte Albán, minas, costas) creando colecciones de fotografías etnográficas y arqueológicas. En muchos de estos casos la visión todavía idealizaba la antigüedad precolombina, pero ayudaron a difundir internacionalmente la herencia cultural mexicana. Así, la fotografía en sus inicios convivió con influencias pictóricas y exploraciones científicas: “la tradición pictórica mexicana determinó hasta cierto punto el estilo fotográfico, pero nuevos enfoques –como el de Charnay– plantearon una visión más documental y científica de las ruinas antiguas”.

 

Primeros Fotógrafos Destacados

Pese a la participación extranjera, desde muy temprano hubo mexicanos pioneros. Por ejemplo, el alemán Guillermo Kahlo –padre de Frida Kahlo– se especializó en fotografía arquitectónica y documentó entre 1908 y 1914 con gran detalle los edificios coloniales, monumentos históricos, y acontecimientos varios de la Ciudad de México.



Otros fotógrafos mexicanos tempranos (como el potosino Manuel Ramos) viajaron por el país registrando ciudades y monumentos con nitidez y profundidad de campo propias del fotoperiodismo incipiente.

En las décadas finales del siglo XIX aparecieron estudios célebres: el Álbum Mexicano de Romualdo García; el retratista Elías Ybáñez y Sora (con su famoso catálogo de “tipos” indígenas para el gobierno de Díaz); los hermanos Robert y Enrique Casasola; Agustín Casasola padre (periodista gráfico) y varios estudios de apellido Miera y Mireles.

Además, de 1880 en adelante llegó un flujo mayor de fotógrafos y compañías extranjeras (ingleses, franceses, alemanes, estadounidenses) interesadas en documentar el “progreso” del país: “En la época de Porfirio Díaz (1884–1910) fotógrafos como Abel Briquet, Charles B. Waite, W. Henry Jackson y el propio Guillermo Kahlo fueron contratados para registrar puertos, ferrocarriles y paisajes naturales, con el fin de conmemorar los logros del gobierno y atraer inversiones”. Estas imágenes del Porfiriato exaltaban la modernización (ferrocarriles, puertos, monumentos) y también revalorizaron la “tipología” indígena y costumbrista: por ejemplo, Ybáñez y Sora publicó un álbum de retratos de campesinos e indígenas en atuendos tradicionales, y Hugo Brehme y Edward Lyvers fotografiaron los paisajes e indios de Chiapas y Veracruz para el exotismo del mercado europeo. En resumen, para 1910 México ya contaba con una fotografía profesional arraigada: gozaba de prensa ilustrada, álbumes de estudio para la familia, postales y vistas panorámicas, mezclando lo local con lo internacional.

 

La Revolución Mexicana y su Imagen

El estallido de la Revolución en 1910 marcó un punto de inflexión. Por primera vez la guerra se documentó masivamente en fotos. Se formaron destacadas brigadas de fotógrafos de prensa que acompañaron a los bandos revolucionarios y al gobierno de Madero.

En Ciudad de México, Agustín Víctor Casasola (1874–1938) fue el más emblemático: originalmente reportero gráfico en periódicos, Casasola comenzó a coleccionar fotografías de colegas –fotógrafos militares, prensa regional– creando el vasto Archivo Casasola. Este archivo conservó miles de imágenes de la Revolución (batallas, generales, carpas de campaña, fugas, hechos icónicos) hasta llegar a ser el documento fotográfico más completo del conflicto mexicano.

Como señala la curaduría digital del Museo de la Revolución, “la Revolución Mexicana y el Archivo Casasola son probablemente el matrimonio más longevo de América Latina: no hay forma de entender uno sin el otro”. Junto con Casasola surgieron otros fotoperiodistas importantes: Tina Modotti (en su etapa con Manuel Álvarez Bravo, capturó escenas sociales urbanas), Nacho López (futuro, cubrió levantamientos), o fotógrafos extranjeros que regresaron para trabajar (Casimiro Castro hijo, Abraham Díaz).

En el campo de batalla, grupos completos de fotógrafos armados con trípodes e impresoras acompañaron a Villa y Zapata en 1913–1915, registrando rápidos movimientos y encendidos retratos de generales. Estas imágenes revolucionarias popularizaron estereotipos visuales (la “Adelita”, el “jefe zapatista”, el “dorado villista”) y preludiaron el fotoperiodismo contemporáneo, que denunciaba tanto la épica como las injusticias del conflicto. Como escribe el sitio de Google Arts & Culture, los fotógrafos “combinaron su pasión con el trabajo [periodístico] y capturaron el testimonio de nuestra historia”.

 

Revalorización Posrevolucionaria

Tras la Revolución la fotografía adquirió nuevos sentidos sociales y artísticos. En los años veinte llegaron a México figuras vanguardistas como Edward Weston y Tina Modotti (ambos del círculo de la “fotografía directa”). Traían una estética totalmente nueva: buscaban la belleza intrínseca de la forma fotográfica, alejándose de los cánones pictóricos clásicos. Su influencia motivó una nueva generación local. Notoriamente surgieron Manuel Álvarez Bravo (1902–2002) y su esposa Lola Álvarez Bravo (1907–1993), que desarrollaron un lenguaje propio de la fotografía artística mexicana. Con influencias surrealistas y de costumbrismo, Manuel Álvarez Bravo creó imágenes emblemáticas (como El ensueño, Obrero en huelga, Ventana del Palacio), jugando con la luz, la geometría y el misterio; más tarde hizo retratos expresivos de Frida Kahlo, Diego Rivera y otros artistas. Según estudios, esta “nueva vertiente” (años 20-30) propició “la emergencia de fotógrafos como Manuel y Lola Álvarez Bravo” que concibieron la fotografía como un arte moderno con identidad propia.

Paralelamente, en las décadas de 1930 y 1940 floreció el fotoperiodismo comercial. Revistas ilustradas (como Hoy, Sucesos para Todos, Mujeres, Tenemos Fotos, y al final Siempre!) publicaron fotoensayos con imágenes de humor social, política, vida cotidiana y conflictos internacionales. Fue una “época de oro” para los reporteros gráficos: las fotografías lucían composiciones atrevidas (nuevos ángulos, fotomontajes, iluminación dramática) y contenían críticas sociales implícitas.

Entre los profesionales sobresalientes de esos años figuraron Nacho López y Héctor García –ambos egresados de la Escuela de Bellas Artes y con marcado sentido crítico–, así como miembros de la extensa familia Casasola (Miguel, Luis, Arturo). Sus fotoensayos documentaron barrios populares, sindicatos, movimientos campesinos o escenas de desigualdad, retomando los ideales sociales de la Revolución. Según algunos estudios, Nacho López y Héctor García innovaron al desligarse de estilos pictóricos y adoptar un enfoque más “agudo y mordaz” en sus fotografías de prensa. Con ello enlazaron la fotografía mexicana con corrientes documentales de guerra y denuncia, muy necesarias después de los sucesos de 1968.

 

Años Sesenta en Adelante

El medio fotográfico siguió evolucionando. En 1968, como parte de las Olimpiadas culturales, el Palacio de Bellas Artes organizó una histórica exposición de Manuel Álvarez Bravo. Ese evento consagró a la fotografía como disciplina artística de pleno derecho en México. En las décadas siguientes emergieron fotógrafos comprometidos con nuevos temas: Graciela Iturbide (1942–), discípula de Álvarez Bravo, se especializó en etnografía urbana y rural (retrato de Juchitán, condiciones de vida de mujeres indígenas y desertores) con un estilo sereno pero profundo. Lola Álvarez Bravo convirtió su estudio en foro cultural, colaborando con artistas de varias disciplinas. Surgieron también colectivos e iniciativas críticas: por ejemplo, Ruth D. Lechuga, Pedro Meyer y Lázaro Blanco crearon grupos experimentales (La Ventana, Arte Fotográfico, Grupo 35/6×6) que buscaban explorar nuevos temas y estéticas. Entre 1976 y 1981 nació formalmente el Consejo Mexicano de Fotografía (CMF): una asociación fundada por Pedro Meyer y Lázaro Blanco, con miembros como Nacho López, Rodrigo Moya, Julieta Giménez y los curadores Jorge Alberto Manrique y Raquel Tibol.

El CMF promovió coloquios latinoamericanos de fotografía (1978, 1981 en Ciudad de México; 1984 en La Habana) e impulsó la fotografía como medio de compromiso social. La filosofía del Consejo era clara: el fotógrafo debía “interpretar con sus imágenes la belleza y el conflicto, los triunfos y las derrotas y las aspiraciones de su pueblo”, es decir, crear “un arte de compromiso y no de evasión”.

A partir de los años 1970 también sobresalieron fotógrafos de corte más conceptual y cultural. Mariana Yampolsky (nacida en EE.UU., 1925–2002) se unió al Taller de la Gráfica Popular en 1945, combinando fotografía con el grabado popular y la defensa de causas indígenas. Su obra –potentemente etnográfica– fue reconocida a nivel internacional: en 2021 la UNESCO declaró su archivo fotográfico como Patrimonio Documental de la Humanidad.

Otros autores como Flor Garduño, Lourdes Grobet y Graciela Iturbide continuaron el trabajo social con enfoques personales; Grobet, por ejemplo, fotografió la lucha libre y el mundo del espectáculo underground en los 80s, mientras que Iturbide continuó retratando rituales indígenas y cotidianeidad. Durante estas décadas también se profesionalizó el fotoperiodismo: se organizaron la Asociación Mexicana de Fotógrafos de Prensa (1947) y la Bienal de Fotoperiodismo (1994), dando reconocimiento formal a quienes ejercen la fotografía de prensa.


Instituciones, Archivos y Reconocimiento

El crecimiento de la fotografía como patrimonio histórico y artístico condujo a la creación de instituciones especializadas. En 1984 abrió en Pachuca (Hidalgo) la Fototeca Nacional del INAH, la primera de su tipo en México. Su acervo supera el millón de imágenes, cubriendo más de 180 años de historia fotográfica mexicana. En 1993 se fundó el Sistema Nacional de Fototecas (SINAFO), cuyo objetivo es coordinar la preservación, catalogación y difusión de los archivos fotográficos nacionales. Actualmente el SINAFO integra decenas de fototecas estatales y la Fototeca Nacional es su centro rector. A través de estas instituciones se ha valorado la fotografía no solo como arte, sino como documento histórico. Ello ha permitido rescatar colecciones fundamentales (Archivo Casasola, Archivo Yampolsky, colecciones de fotógrafos independientes) y facilitar el acceso público vía mediatecas digitales.

A nivel internacional la importancia de los fondos fotográficos mexicanos ha sido reconocida por la UNESCO. Además del caso de Yampolsky (2021), en 2025 la Serie de Fotografía Aérea de la Fundación ICA –un conjunto de imágenes de ingeniería topográfica de 1932–1994– se incorporó al registro Memoria del Mundo. Esto resalta cómo la fotografía (desde la guerra hasta la investigación científica) es vista hoy como patrimonio documental de valor universal. Asimismo, festivales y encuentros recientes, como Foto Septiembre (instituido en 1993, antecedente de FotoMéxico) o la Bienal de Fotografía, consolidan a la fotografía como medio artístico consolidado y celebrado.

 

Principales Exponentes

A lo largo de todas estas etapas destacaron muchos creadores influyentes. Entre ellos podemos mencionar:

Guillermo Kahlo (1871–1941). Fotógrafo de arquitectura e hijastro de la modernidad; documentó iglesias y edificios coloniales, así como proyectos industriales, aportando un registro artístico del patrimonio arquitectónico.

Francisco Willhelm/Kahlo Chalpé (1836–1880). Fotógrafo alemán-británico, pionero de la fotografía en Veracruz, retrató paisajes y escenas de la Guerra de Reforma.

Manuel Álvarez Bravo (1902–2002). El fotógrafo mexicano más influyente del siglo XX; redefinió la estética fotográfica nacional con su obra de entre-realidad (paisajes urbanos y rurales con simbolismo visual) y retratos artísticos de figuras culturales.

Tina Modotti (1896–1942). Fotógrafa italiana que trabajó en México durante la década de 1920, cercana a Diego Rivera; introdujo enfoques modernistas y comprometidos (fotografías de obreros, vida rural y cultura popular).

Edward Weston (1886–1958). Fotógrafo estadounidense que vivió en México (1923–1926); aplicó la “fotografía directa” de fuerte detallismo (paisajes de la costa de Oaxaca, bodegones sensoriales) y elevó el retrato fotográfico a nivel artístico.

Nacho López (1923–1986). Pionero del fotoperiodismo moderno en México. En los años 50 retrató con agudeza la vida urbana, la desigualdad y la cotidianeidad del pueblo trabajador, incorporando una mirada narrativa y crítica que rompió esquemas visuales.

Héctor García (1923–2012). Cronista visual de la vida política y social del México del siglo XX. Su lente documentó movimientos estudiantiles, desigualdades y personajes emblemáticos, consolidando una fotografía con fuerte carga humanista y testimonial.

Rodrigo Moya (1934–2020). Comenzó retratando la Revolución y luego documentó el terremoto de 1985, con un estilo de denuncia humanista.

Graciela Iturbide (1942–). Destacada discípula de Álvarez Bravo, cuyas fotografías en blanco y negro de grupos indígenas (p. ej. Nuestra Señora de las Iguanas) y de rituales cotidianos se han vuelto iconos de la identidad mexicana.

Mariana Yampolsky (1925–2002). Unió la fotografía con el grabado popular; produjo un vasto archivo etnográfico (comunidades indígenas, mercado del pueblo) y su obra es hoy patrimonio documentalibero.mx.

Pedro Meyer (1944–). Innovador de la fotografía digital en México; en 1994 creó el sistema Cuartoscuro y promovió el Consejo Mexicano de Fotografía.

Rosa Elena Veracruz (c.1873–?). Estudiosa del retrato decimonónico, autora de colecciones en el Archivo Casasola.

Hugo Brehme (1882–1956). Fotógrafo alemán-mexicano que retrató paisajes y etnias; autor de postales literales del México rural.

Lola Álvarez Bravo (1907–1993). Fue fotógrafa y galerista (Galería de Arte Mexicano). Su trabajo incluye retratos de artistas y calles de México, además de su labor promotora cultural.

Mariana Yampolsky (1925–2002). Entre todos, dos veces mencionada (fotografía etnográfica, social, activista).

Lourdes Grobet (1940–). Reconocida por sus fotos de Lucha Libre y su reinterpretación pop de la cultura popular.

Gerardo Suter (1945–2018). Pionero del fotodocumentalismo contemporáneo, centrado en temas urbanos y socioeconómicos.

Colette Álvarez Urbajtel (1934–2003). Mexicana nacida en Francia, notable por su trabajo en blanco y negro en los 70s-80s sobre niños indígenas y entornos rurales.

Pedro Valtierra (1941–). Periodista gráfico y activista, fundador de la revista Cuartoscuro.

En cada caso, estas figuras dialogaron con otras disciplinas visuales. Por ejemplo, Manuel Álvarez Bravo mantuvo estrecha relación con el muralismo (fotografió a Rivera y Orozco) y la pintura surrealista; Tina Modotti y Weston fueron amigos de muralistas y fotógrafos de archivo. Mariana Yampolsky trabajó con grabadores (Taller de la Gráfica Popular), integrando fotografía y arte gráfico. A su vez, el cine mexicano de oro tuvo luminarias como el fotógrafo Gabriel Figueroa, cuyos cuadros en película adaptaron el claroscuro fotográfico mexicano.

Así, la fotografía ha recorrido un largo camino en México: de ser un lujo exótico de la élite a constituir un arte vivo y popular, vinculado a la identidad nacional. Gracias a las instituciones (Fototeca Nacional, Museo de la Fotografía, el Centro de la Imagen, festivales como FotoMéxico) y al esfuerzo de generaciones de fotógrafos comprometidos, hoy la producción fotográfica mexicana es rica y diversa. En la actualidad, la era digital ha multiplicado la presencia de la imagen: millones de fotos se toman cada minuto, cambiando nuestra percepción del medio. Sin embargo, la esencia permanece: la fotografía continúa siendo una ráfaga en el tiempo que captura la cotidianidad, la cultura y la idiosincrasia de México con creatividad y fuerza.

 

Referencias

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